Hago esta entrada motivado por la invitación de facebook al grupo "Por los que están a favor de la pena de muerte para los secuestradores" y por que he escuchado este comentario recientemente de más de una persona del cual no esperaría nunca tal opinión.
En fin. Me manifiesto abiertamente en contra y expongo a continuación mis argumentos.
1. Primero, quienes han manifestado o manifiestan esta opinión, me parece que se trata más de una indignación emocional que una cosa racional. Comprendo (intelectualmente) dicha tendencia, sobre todo para aquellos que han estado involucrados en un secuestro de alguna manera. Pero no la considero racional, porque los argumentos que he escuchado a favor de esta iniciativa me parecen pobres. Los expongo a continuación seguido de mi comentario (al más puro estilo pseudo-escolástico... la verdad no me gusta pero creo que se presta en este momento).
a. "La familia merece venganza". Aunque suene muy romántico, la venganza nunca ha sido un tranquilizador emocional ni aplacador de conciencias. El hecho de observar la muerte o tortura de aquel que ha matado o torturado anteriormente no devuelve la paz ni la tranquilidad. Al menos no conozco un solo caso.
Una de las manifestaciones de la moral de los niños de 6 a 8 años (
Thomas Lickona) es una justicia rígida: si golpeas debes ser golpeado, y si matas debes morir. Ojo por ojo, diente por diente. Una moral que usaban los judíos hace más de 2 mil años.
También leí un comentario en un diario hace poco: "El asesino pide clemencia. ¿Cuántas veces le habrán pedido clemencia sus víctimas mientras las asesinaba?" decía. Precisamente, entonces ¿somos igual que él? ¿qué nos diferencía de él entonces?
b. "La pena de muerte disuade a los secuestradores de cometer tal delito". Me limito a decir que una persona que no respeta la vida de los demás, tampoco respetará la suya. Si acaso los políticos quieren aparentar un compromiso ante la impunidad, la reforma judicial para que las leyes sean efectivas es un camino menos espectacular pero más efectivo.
c. "Mantener a un criminal vivo nos cuesta dinero". De hecho, mantenernos como sociedad nos cuesta dinero. Nos cuesta dinero mantener un sistema de partidos políticos, un congreso, una policía. Estas no son perfectas, pero se supone que es al tipo de sociedad que aspiramos. Civilizada. Si llevamos este argumento al extremo, entonces mejor hacer justicia por nuestra propia mano. Es más barato y eficiente. Nos ahorramos tiempo, dinero y esfuerzo. ¡Regresemos a los duelos! Este argumento también está relacionado con el tipo de sociedad que queremos ser. Me parece que el esfuerzo debe estar en que efectivamente nuestro sistema reformatorio funcione (que en esto estoy de acuerdo, en México no sirve, es una pena. Hay otros países en los que sí funciona).
2. La pena de muerte pudiera ser moralmente aceptable en casos en que se busque una acción indirecta: proteger a una sociedad o grupo de personas ante un individuo que amenace de forma invencible tal seguridad. Actuar así sería sobre todo una acción protectora, preventiva. En el estado actual del mundo, me parece que la pena de muerte es ya una cosa superada. Adjunto abajo el texto de Juan Pablo II al respecto, pues me parece de una claridad absoluta (para el que lo quiera leer). Como diría un buen amigo mío "El Papa tiene las ideas muy claras"
3. De verdad, siento mucho lo sucedido con el joven Martí y mi indignación a la par de la de miles de mexicanos quienes estamos cansados de vivir en un estado de inseguridad y sobre todo de impunidad. Pero el camino no es éste. Una sociedad que institucionaliza la venganza, esta destinada a desaparecer, como la que mata a sus hijos y a sus hermanos. La violencia rara vez es el camino.
punto
Cita de
JP II, Evangelium VitaeMatar un ser humano, en el que está presente la imagen de Dios, es un pecado particularmente grave. ¡Sólo Dios es dueño de la vida! Desde esta perspectiva situamos el problema de la pena de muerte, respecto a la cual hay, en la Iglesia como en la sociedad civil, una tendencia progresiva a pedir una aplicación muy limitada e, incluso, su total abolición. El problema se enmarca en la óptica de una justicia penal que sea cada vez más conforme con la dignidad del hombre y por tanto, en último término, con el designio de Dios sobre el hombre y la sociedad. En efecto, la pena que la sociedad impone "tiene como primer efecto el de compensar el desorden introducido por la falta". La autoridad pública debe reparar la violación de los derechos personales y sociales mediante la imposición al reo de una adecuada expiación del crimen, como condición para ser readmitido al ejercicio de la propia libertad. De este modo la autoridad alcanza también el objetivo de preservar el orden público y la seguridad de las personas, no sin ofrecer al mismo reo un estímulo y una ayuda para corregirse y enmendarse.
Es evidente que, precisamente para conseguir todas estas finalidades, la medida y la calidad de la pena deben ser valoradas y decididas atentamente, sin que se deba llegar a la medida extrema de la eliminación del reo salvo en casos de absoluta necesidad, es decir, cuando la defensa de la sociedad no sea posible de otro modo. Hoy día, sin embargo, gracias a la organización cada vez más adecuada de la institución penal, estos casos son ya muy raros, por no decir prácticamente inexistentes.